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Todo lo que aprendimos en el ultimo episodio de Game of Thrones

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El invierno llegó, y miren lo que trajo

 

“El invierno está aquí”, se escucha decir en el final de temporada extra large de Game of Thrones. Y lo que trae el invierno no es precisamente descontento, sino lo esperable en el mundo de George RR Martin: otra guerra. Más muertes. Otro monarca sentado en el Trono de Hierro. Es la rueda de la que hablaba Daenerys Targaryen, la misma que deseaba destruir. El final de la temporada de  Game of Thrones fue enormemente satisfactorio, quizá no tanto por las considerables sorpresas que albergó, sino por la confirmación de lo esperable: el alivio de que pronto, como ya lo sabe el espectador, los contendientes se verán las caras frente a frente. A continuación, lo que dejó “The Winds of Winter”. Desde ya, no es necesario mandar un cuervo para esto, pero, por las dudas: ATENCIÓN, HAY SPOILERS.

STARK. El invierno, “el peor en los últimos mil años” -así lo confirma el cuervo blanco de la Ciudadela que llega a Winterfell- también trae el regreso al poder de los Stark. El precio del rescate de Littlefinger se hace explícito en una conversación junto al árbol sagrado frente al que Sansa supo que sería reina de Joffrey Baratheon. Por primera vez, el propósito de tantas maniobras queda claro: no es sólo a Sansa a quien quiere, también el Trono de Hierro. Ella demuestra cuánto ha aprendido de él al minimizar la deuda que mantiene con el Valle y afirmar casi sin traicionar su desagrado: “Ya ha apoyado muchas causas reales. Ésta es sólo una más”. Littlefinger cree que ella es “la” Stark, porque Snow, como bastardo, no puede ambicionar ser el líder de la casa de los lobos. Sin contar con la eterna obsesión de Littlefinger con su madre, transferida a una hija que no podrá despreciarlo como candidato como lo hizo Catelyn Stark.

Ah, pero nadie contaba con la pequeña Lyanna Mormont, quizá la verdadera revelación de esta temporada. En un gélido cónclave con aliados y ex vasallos, es su voz la que se alza para reclamar lealtad a todos aquellos que abandonaron a los Stark en su lucha con los Bolton y que ahora minimizan la Gran Guerra que este invierno trae a sus puertas. El golpe funciona -el capítulo pertenece a las mujeres de esta historia- y sin siquiera soñarlo, el Bastardo de Winterfell es ahora el Lobo Blanco, Rey del Norte. Pero antes, claro, su hermano Bran desentraña un poco, lo suficiente, el misterio de su parentesco. Siguiendo la conocida ecuación L+R= J, Bran viaja al pasado para confirmar que Jon es hijo de Lyanna, no de Ned, pero -por una razón esperemos que valedera- no puede escuchar lo que su tía le confiesa a su padre antes de pedirle que cumpla su promesa. “Sabés lo que le haría, Ned”, afirma Lyanna, sin que sepamos si se refiere a Rhaegar Targaryen, el posible padre de Jon; a Robert Baratheon, el prometido de ésta, o a una tercera persona que aún no conocemos. Lo que sí sabemos es la mirada desafiante que intercambian Sansa Stark y Petyr Baelish luego que de la corona del Norte sea colocada firmemente en Jon, sólo quiere decir una cosa: problemas.

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